Tía Lucy
Su nombre de pila bautismal es Lucy Salinas de Landívar. Hoy es frecuente llamar de “tía” a las personas que, por cercanía, se ganan el apelativo por ser madres de los compañeros.
Sin embargo, hace 55 años, no era así. Tenía que haber un motivo serio, rotundo, demostrable, para que alguien engrosara esas relaciones afectivas, pudiera cumplir la expectativa y adquirir una suerte de complicidad compresiva frente a las exigencias normales de nuestros padres. Frente a esas personas, adquiríamos la calidad de ahijado de santos oleos, sin agua bendita de por medio. Y la señora Lucy Salinas de Landívar, es Tía Lucy de nuestra generación.
En el espacio de la memoria que están nuestros mejores momentos, está ella, alta, de hablar firme, sin dejar lugar a la duda, poniendo orden y con una sonrisa que no podía contener y que se le escapaba con picardía. No sólo era la madre de nuestro compañero Luis Fernando y esposa de Don Uruguay, personajes ambos que merecen recuerdos apartes, sino que, en el imaginario de jóvenes en crecimiento, en un colegio de horarios rígidos y de jornadas agotadoras como era la Muyurina salesiana de finales del 60 y comienzo del 70, no podía haber persona más importante para el mejor momento, el de la hora de las comidas; era la responsable de alimentarnos para que crezcamos en sabiduría y verdad.
Ahora que muchos de los profesores ya no están, es posible reconocer que junto con el recuerdo del Director, el dos veces doctor en zootecnia, Dante Invernizzi, Mario Dal Pos dirigiendo la música; el Hermano Juan Marot el teatro; José María Feletti construyendo ideas extraordinarias; Jesús Juárez llegando de Alemania; Mario Pani registrando nuestra vida con sus fotografías, y una generación de jóvenes curas, hermanos y profesores (Arcángel Calobi, Erland Céspedes, Jesús Herbas, Savino De Marchi, Manuel Aramayo, Rodolfo Strazantti, José Zacarelli, Pedro Cueto, Carlos Rua, Pascual Romano, Vicente y Benancio Barba…), Tía Lucy, era tan importante como todos ellos!
Había un acuerdo implícito con los “sobrinos” a la hora de compartir algo sabroso de manera subrepticia para no romper la disciplina ni generar favoritismos públicos. ¡Y lo que recibíamos, obviamente sabía a gloria!
Como son los lazos de sentimientos agradecidos, la relación se mantiene hasta ahora cuando ella celebra su cumpleaños 85 en unos días, y nosotros, los sobrinos, 50 años que salimos de bachiller. Frente a Ella, como cuando nos sentamos en un banco de nuestra juventud o estamos con uno de nuestros profesores de entonces, inevitablemente volvemos en el tiempo y somos otra vez militantes de nuestros sueños. Tía Lucy ha mantenido la puerta de su casa siempre abierta, lo mismo que el diálogo que con su memoria dulce, solamente vuelve al pasado para hablar del presente y el futuro. Como todas las madres, ha superado pruebas humanas estoicamente y con grandeza. Confieso que no le conozco una queja y al reunirnos con sus hijos en familia ampliada, solo hay espacio para lo grato.
En nuestra lista y con afectos similares, se suman los otras Tías… Chinga, Irma, Yolanda, Laida, Nini, las Teresitas, Chela, Lady, Lucrecia, Esther, María Jesús, Fidelina…
Un abrazo a todas!




